†_Sara Ballini_†

 Sara Ballini
La noche infinita
– No estoy seguro de haberlo hecho como debía… – dijo Tomás.
– Es un problema que tienes en común con todo el genero humano, colega…- bromeó Pablo – no te lo pienses más.
– ¿Has visto los ojos de Ana? Estaba muerta, pero sus ojos parecían preguntar el porqué…
– Si, ha sido un primer plano cojonudo…
Pablo y Tomás salían del plateau, tras ocho horas de grabación, ambos eran actores, en una de las series televisivas del momento, una especie de “X-files” a la española.
Tomas, el más atractivo de los dos, interpretaba el papel del investigador privado que se adentra en los misterios del oculto, para solucionar sus casos.
Pablo, que era un poco más gordote y no daba tan bien en cámara, era su amigo policía y lo respaldaba tanto en las escenas, como en la vida.
Una chica de unos vente años iba hacía ellos, que caminaban en dirección del aparcamiento. Era una chica alta y delgada, con una carita preciosa y largos pelos rubios y lisos.
– Si, ha sido una escena increíble, tio…Ana miraba en el vacío, como si hubiese querido ver toda la vida que iba a perder en un solo momento…es una gran actriz. ¿Has visto sus ojos abiertos…y la mirada vacía…?
– Perdona – susurró la rubita…
Pero Tomas ni la había oído y continuó su monologo sobre la actuación de Ana:
– Es una actriz maravillosa…
– Tomas…
– Me encanta trabajar con ella…
– ¡Tomas! – gritó Pablo.
– ¿Qué?
– Esa chica, quería decirte algo…
– ¿Qué chica? – preguntó Tomas.
La rubía había desaparecido, estaban solos, frente al coche de Tomás.
– Ninguna – contestó Pablo – ya es demasiado tarde, se ha ido. Tienes que dejar de pensar tanto en el trabajo, estas como atontado.
– Si, es cierto. Pero no se trata solo de eso, también tengo otro problema – dijo Tomas subiéndose al coche – Estoy enamorado.
– ¿De quien? – preguntó Pablo, sorprendido.
– ¿Cómo de quién? ¡De Ana! ¿De quien si no? – sonrió Tomas mientras ponía el coche en marcha, para dirigirse a casa de Ana.
En la penumbra, se entreveía la silueta de los dos cuerpos, entre las sabanas de seda negra, cual almas al desnudo, en la oscuridad.
Ana, más bien delgada, de corto pelo moreno, sin curvas, abrazaba a Tomas cariñosamente…
– Tomas, dime cariño… ¿Qué te pasa? Estas tan nervioso, te siento tan lejos…
– No te preocupes, Ana. Tu no tienes nada a que ver…
– ¿COMO QUE NO TENGO NADA A QUE VER? ¡Serás capullo! – gritó Ana – Pues si no tengo nada a que ver… ¿sabes que? ¡Te vas a la mierda! – dijo asestándole una buena patada en la espalda y que hizo que se cayera al suelo.
– Ahí… ¿Te has vuelto loca o que? No te dije nada malo. – protestó Tomas.
– ¡“Tu no tienes nada a que ver” es una frase horrible! No la soporto. Con eso me excluyes de tu vida… – explico Ana. – Venga, dime que te pasa…
– Creo que he entendido que es la muerte de verdad…la he visto hoy, y no tiene nada a que ver con tu actuación…Salía del plateau con Pablo y una chica… ¡AHIA! …
Ana le había tirado de los pelos, con fuerza….
– ¡Ya lo sabía yo! ¡Serás un guarro! ¡Y encima, tienes que criticar mi actuación!- volvió a gritar.
– ¿Te has vuelto loca? ¿Qué demonio te ocurre? Solo la he visto un momento…y he entendido que la muerte no es esa tragedia que creemos. Quería que lo supieras, para tu papel…la muerte, solamente es olvido. Nada más.
Tomas se sentía ofendido, no había nada que le ofendiera más que estas demostraciones prácticas de la teoría de que “los hombres son todos iguales”.
– El que se está volviendo loco, eres tu cariño. Tomas, yo te quiero…y de acuerdo, entre tú y yo solamente hay sexo…pero tienes que dejar de vivir de esta manera tan absurda. Ese trabajo no es para ti. ¿Te das cuenta de que desvarías? Uno es actor, con naturalidad…y si es capaz de aguantar todas las paranoias y los agobios que los demás te cargan a lo largo del día, sin volverse histérico. Y tu no eres capaz…está claro.
Tomas, sentía que la quería mucho y por eso, recuperó los últimos escombros de paciencia que le quedaban y se volvió a sentar sobre la cama.
– Ana… ¿Con que crees que pago el alquiler? – dijo, con tono suave y tranquilizador.
– ¿Y que? Lo que te quiero decir es que cambies de trabajo, estarías mucho       mejor…y por eso, estaríamos mejor los dos…
– ¿Estás de coña, verdad? Mira que nuestro trabajo no es solo un trabajo, es…- trató de replicar Tomas…
Ana no estaba dispuesta a aceptar replicas.  Todas sus relaciones anteriores habían fracasado desastrosamente y se acercaba a los treinta años. Había llegado a la conclusión de que era prácticamente imposible mantener una relación, si los dos trabajaban en el mismo ámbito o hacían vidas similares. Si los dos, encima eran actores en la misma serie, ni hablar…Seguramente, la competencia constructiva se trasformaria en rivalidad y luego en una lucha interna que dañaría su carrera. Luego, vendrían los celos. Tomas era muy guapo y, tarde o temprano caería con alguna…había demasiadas chicas jóvenes, guapas y listas en los estudios.
Sin embargo, quería este hombre. Este y ningún otro.  “O ahora, o nunca”, pensó.
– No empieces con eso de la vocación, por favor…que no es como ser cura. Estaríamos mucho mejor, Tomas. Podrías ir a trabajar en la inmobiliaria de mi padre, con un sueldo fijo más comisiones. Venderías casas y tratarías con gente corriente….buena gente, ninguna de las serpientes a las que estamos acostumbrados: gente normal, con problemas normales… ¿Qué te parece?
– Brrrrr….me parece que me esta dando fiebre de solo pensarlo. Creo que me voy a enfermar…- con una reacción instintiva, Tomas se levantó de la cama y se apresuró, poniéndose los pantalones, para huir cuanto antes de aquella situación…
Viendo que se estaba escapando, Ana insistió, con un tono más cariñoso…
– En serio… ¡Venga, mi amor….! Inténtalo por lo menos. Quédate una semana en la oficina… ¡Igual te gusta y todo!
– Perdona, Ana. Es muy tarde…me tengo que ir corriendo…- dijo tomas que, sin ni siquiera ponerse los zapatos y abotonarse la camisa, ya estaba saliendo por la puerta de la habitación…
– ¡Espera! Pero… ¿Adonde vas?- gritó Ana.
– Me he olvidado de dar de comer al perro…
– Pero, si tu no tienes perroooo!
– Me…creo que de paso adoptaré uno…- dijo Tomas, antes de cerrar la puerta.
Ana pudo oírle, bajar la escalera corriendo, como si estuviera perseguido por un fantasma.
– ¡TOMAS, TE ODIOOOO!- le gritó…
Y segundos después, a solas en la habitación, añadió en un susurro:
– Y te quiero….jolines…
La noche se había hecho señora de la calle, mientras Tomas atravesaba la ciudad para llegar a casa y, por fin descansar.
Cuando por fin llegó y se acostó, no pudo dormir…
La noche susurraba, desde todos los rincones de la ciudad: desde los sótanos a las buhardillas y en todo lugar que estuviese bajo el cielo estrellado:
“Quisiera ser capaz de querer. Alguna vez de llorar y, quizás, gritar. Pero aquí, donde estoy, nadie podría oírme. Estoy en un pozo sin fin y me llamo Maria José. Me gustaría poder decir Maria Jo, para los amigos, pero es que no tengo amigos…Estoy aquí sola, en este mundo de tinieblas, perdida en una noche infinita, porque mi corazón ha muerto…y la culpa es suya. La culpa es de Tomás.”
– ¡Dios, mío!- gritó Tomás, sentándose en su cama, de sobresalto.- ¡Que pesadilla más horrible!
Estaba cada vez más cansado, victima de una sensación irreal y de un absurdo sentimiento de culpabilidad. No podía dormir y no sabía que hacer…Si por lo menos se hubiese quedado con Ana, ella, tarde o temprano, habría conseguido la manera de llevarle al mundo de los sueños…Pero ahora estaba solo y nos sabía que hacer.
Se puso a tocar la guitarra. Siempre que estaba preocupado, tocaba.
 Le ayudaba a pensar con más claridad. Las primeras notas flotaron ligeras en el aire, cruzando la habitación…
No, Ana no tenía nada a que ver.
Se sentía culpable, pero no sabía porqué.
¿Cómo podía superar esta noche, tan larga?
Tocó al timbre una segunda vez:
– Ana, soy yo… ¡Tomas!
Nada.
Volvió a tocar.
– Por favor, ¡Abre! Igual esta vez, te escucho y cambio de vida. ¡Esta noche podría ocurrir cualquier cosa!
Nada.
Empezó a golpear la puerta con los puños cerrado, gritando que le abriera, una y otra vez.
– ¡A la mierda! ¡Me voy y no volveré…Nunca!- gritó, mientras volvía al coche.
En el jardín de la casa de Ana, se paró un instante y volvió la mirada atrás.
“…nunca más”, pensó.
Miró la hora, en el reloj que le había regalado ella.
Todavía marcaba las 12 de la noche, pero debían ser como mínimo las seis de la mañana.
Se había roto.
“Quizás no esté roto”, pensó, “quizás el reloj de Ana todavía funcione y sea el sol que se ha olvidado el amanecer”.
Había llegado a casa y se sentó frente al escritorio, esperando que la oscuridad se acabara. Tras unos minutos, el cansancio pudo con el y se durmió.
Desde la ventana, volvió a acosarle el susurro de la noche…
“Hola, soy Maria José…y hablo siempre sola, porque aquí, donde estoy, nadie viene a verme. Bueno…tampoco antes, cuando todavía no había llegado aquí, no recibía visitas, ni las hacía…
La soledad ha sido mi única compañera de juegos desde la niñez y el mundo siempre ha sido dividido en dos partes: los demás y yo.
Así que, al final, me he vuelto una buena observadora, en el sentido que solo observo a los demás y cruzo esta vida, limitándome a tomar notas sobre las emociones de los demás.
Pero me gustaría mucho tener alguien con quien hablar… ¡Alguien para preguntarle porque hay tanto dolor en el mundo!
Y quisiera entender la violencia y pegar todos los que pegan…
¿Por qué la gente odia?
¿Y por que se enamora?
Yo creo que todo es inútil. Como pegarle un tiro a la luna con una escopeta.
Pero quizás la vida es eso…la más grande de las ilusiones…
Un rió de sangre y lagrimas.”
Mientras tanto, en una casa cualquiera de un barrio cualquiera de la misma ciudad…un grito.
– ¡Ah!
– Cariño, que pasa… ¿Eres tu que has gritado?
Un joven abraza a su mujer embarazada, que está en la cama…
– Si, David. Ya empezó…creo que va a nacer pronto…
El hombre es poseído por el pánico y empieza a correr por la habitación:
– ¿Dónde está la maleta? – grita.
– En el armario.
– ¿Y las llaves del coche? ¿Dónde demonio estarán las malditas llaves del coche?
– Las tienes en el bolsillo. – contestó la mujer, más tranquila.
– ¿Bueno…podemos ir?
– Si, vamos…
En un lugar muy lejano, donde los niños esperan que llegue su momento, la cigüeña vestida de nurse gritó:
– ¡Numero diecinueve!
– ¡Soy yo! – contestó un niño gordote.
– Ve bajando la escalera, tu madre está a punto de parir…
La escalera era muy larga, y el niño se cansaba mucho, así que se paró un momento a descansar. Por debajo de la escalera, en un río de lágrimas, flotaba una chica rubia.
– ¡Hola! ¿Como te llamas?
– No tengo un nombre, es que todavía tengo que nacer…estoy en ello. ¿Cómo es el mundo, allá fuera?
– Un infierno- contestó la chica.
– Bueno, bien…no tendré de que aburrirme, entonces. Y tú. ¿Cómo te llamas?
– Maria José – contestó la chica.
– ¿Y porqué flotas allí, entre la vida y la muerte? – preguntó.
– Me ha pasado una cosa fea…y la culpa es de Tomas.
“Joder…otra vez la maldita pesadilla. Me había dormido, es una sensación tan real, como el remordimiento. ¿Qué habré hecho?”.
Tomas se despertó, con el cuerpo dolido por la postura en la que se había dormido, sobre el escritorio.
Medio dormido todavía, fue a la ventana, esperando que hubiese llegado el amanecer.
Todavía era de noche.

No lo podía creer. Miró el reloj. Marcaba mediodía y sin embargo, todavía reinaba la oscuridad y desde todo los rincones le parecía oír un sutil hilo de voz…

“Donde estoy ahora, el día y la noche son lo mismo. Como la vida y la muerte”
Se sentía más solo que nunca, en aquella noche tan oscura, mientras todo el mundo estaba dormido. Aquello era irreal, como un sueño.
Decidió ir andando hasta casa de Ana y mientras cruzaba la calle se dio cuenta de lo mucho que la necesitaba. Volvería con ella y le pediría perdón por todo lo que había dicho.
Quería acabar esta noche en su cama, para que las pesadillas volvieran a ser sueños y, quizás, podrían divertirse un rato, al despertar…
Luego, incluso, serían novios formales y todo. Hubiera podido incluso casarse con ella, con tal que le acompañara esta noche, hasta el amanecer…
Bueno, eso de casarse…en diez años, si a caso.
La puerta estaba abierta.
Cruzó el pasillo, preocupado y subió las escaleras corriendo.
Ana dormía tranquila, había sido el a abrir la puerta, golpeándola, horas antes.
En ese mismo momento, en otra parte de la ciudad, también otra chica dormía un sueño profundo. Estaba acostada en una cama del departamento de terapia intensiva del hospital Mateo, entubada y alimentada artificialmente.
Se llamaba Maria José.
Su sueño era eterno, pero sus emociones eran tan fuertes que se podían oír en cada rincón de la ciudad vacía, en esa noche infinita.
“Mi realidad es un mundo oscuro. Estoy en coma. Por culpa de Tomas.”
Tomas trató de despertar a Ana, sin éxito. Gritó, pero ella seguía dormida.
Finalmente, renunció y salió de la casa, para volver a vagar en la calle oscura.
El mundo entero estaba dormido y el era el único gilipollas despierto, pensaba.
No era cierto.
Ana se despertó cuando el estaba ya en la calle.
Miró alrededor y solo vio la habitación vacía.
“No ha vuelto. ¡Que hijo de puta! ¡Dejarme sola en una noche como esta! Los hombres son todos iguales.”, pensó.
Sobre la mesita de noche, había una foto de el. Quiso esconderla en un cajón, pero nada más tenerla entre las manos se dio cuenta que no podía.
Era tan guapo, el cabrón.
¿Cómo podía resistir, sin el?
Quería huir, escaparse y desaparecer, para siempre.
Sintió que le faltaba el aire, se levantó de la cama y quiso abrir la ventana.
Nada más asomarse, los vio.
Eran bellísimos y desnudos. Volaban en el aire, con grandes alas blancas.
No eran hombres, ni mujeres. Quizás eran Ángeles o demonios. No le importaba, en absoluto. Tenían algo que ella deseaba más allá de todas las cosas: eran libres.
Cuando vio que uno de ellos se le acercaba, mirándola, le preguntó:
– “¿Puedo irme contigo?”
Al ver que no contestaba, creyó que se tratase de un “si”, por eso, dio unos pasos atrás y simplemente, se tiró por la ventana.
Pronto se dio cuenta de que no estaba entre los brazos del ángel, sino que en un río denso de aguas amargas, como lagrimas. Pensó que se iba a ahogar, pero de repente empezó a flotar.
A su lado, había una chica rubia, que también estaba flotando.
 -“Hola” – saludó la rubia – “¿porque estás aquí?”
 – Fue por culpa de un hombre. Me quería demasiado. ¿Y tú? – preguntó Ana.
 – Bueno, yo también estoy aquí por culpa de un hombre.
 -¿Era un asesino? ¿Un amante infiel? ¿Eras su novia y te dejó?”
 – No. No me ha sonreído…
 – ¡Que idiota! Con lo guapa que eres… – trató de consolarla Ana.
 – El es mi actor favorito, trabaja en una serie de la tele…se llama Tomas…
Ana no podía creer a lo que estaba oyendo…
-¡No me jodas! ¡Es el mismo!
Tomas estuvo vagando horas, por las calles vacías, hasta que no pudo más y se sentó en un banco, vencido por la desesperación.
La puerta de la casa de en frente se abrió.
Era una mujer alta y sofisticada, de pelo corto y rubio, muy maquillada.
Tardó en reconocerla.
No podía creer a lo que estaba viendo: era Kimberlay, una antigua novia que llevaba años sin ver. No cabía duda que fuera ella, además llevaba en brazos su gato, un persa negro, que si bien recordaba, se llamaba Aramís.
Kimberlay llevaba un precioso traje de noche negro, muy ceñido, que delineaba sus curvas. Era hermosa y se le acercaba.
Le pareció un oasis en la soledad de aquella noche.
– Te he echado tanto de menos, Tomás. Eché de menos hasta morirme…
Aquellos sin duda tenía muy buena pinta, pensó Tomas, y trató ser lo más caballero posible.
– Yo también Kim, jamás te olvidé…- le contestó, cogiendo sus manos delgadas, de largas uñas pintadas de negro.
Kimberlay rió, quitando sus manos de las de Tomas, para acariciar el gato acostado sobre su espalda, que empezó a ronronear.
– Sigues siendo el mismo adorable mentiroso de entonces, Tomas. Ven…pasa en mi casa, estamos de fiesta y quiero presentarte a unas amigas.
Sorprendido, Tomas la siguió.
Le hizo acomodar en un cuarto vacío, donde solo había una silla, diciendo que pronto llegarían todas.
De repente entraron dos rubias:
– Maria y Marina… ¿te acuerdas de ellas? Y allá vienen las morenas: Molly, Amber, Dorotea, Myrna, Shelly, Aisha, Selene, Hilda, Julieta, Marta y…la ultima Ana…
Tomas creyó que el cansancio le estuviera provocando alucinaciones: no era posible que todas las novias que había tenido estuvieran reunidas en ese cuarto.
– No, Tomas, no te estás volviendo loco y tampoco estás soñando – dijo Kim – Las que estamos aquí, somos una delegación de las mujeres de tu vida, queríamos verte una vez más antes de…Bueno, ya no somos nada, para ti.
– ¡No es cierto! – gritó Tomas.
– Si, lo es – contestó Kimberlay- Ahora somos solo recuerdos abandonados en un rincón de tu vida y todas las veces que te vuelves a enamorar, pierdes un poco de ese recuerdo. Al final, no vamos a ser nada… ¡nada! Pero ahora, basta charlar…va a llegar la novia que más quisiste…quizás la única.
Entró, con su gran túnica negra y capucha.
– ¿No te recuerdas de mí? Soy tu querida amiga, tu futura madre…soy la Muerte – guiño el esqueleto.
Tomas empezó a temblar.
– No te preocupes, cobarde…no he venido a buscarte a ti, pero todas ellas, vendrán conmigo. – dijo la Muerte.
– ¡Nooooooooo!¿Por qué? – gritó Tomas, mientras empezaba a llorar.
-¿Por qué? ¿No te acuerdas? La muerte es el olvido…tu lo has dicho. Así que ellas vienen conmigo y, esta noche también me llevo sus sueños…Los recuerdos, las ansiedades, los miedos, los deseos que tuvieron contigo se perderán para siempre.
-¿Y no existe una manera para evitar todo eso? – preguntó Tomas, desesperado.
– Si, hay una manera. – Sonrió la Muerte – entra dentro de mí.
Fue entonces que abrió los brazos, dejando entrever las tinieblas que ocultaba bajo su mantel.
Tomas se dejó atrapar por aquel abrazo frío y descubrió que la oscuridad era liquida como el agua y amarga, como las lagrimas. Era un río de lágrimas negras.
Empezó a flotar y se dio cuenta de que había una chica rubía a su lado.
Ella le saludó, muy amablemente.
– ¿Dónde estoy? – preguntó.
– Estás flotando en mi coma, Tomas. Estoy aquí por tu culpa, entre la vida y la muerte.
– Entonces es por ti, que me atormenta ese sentido de culpabilidad…¿Por qué? ¡No te hice nada malo! ¡Ni siquiera te conozco!
– Intenta recordad, Tomas. Hace unos días, te encontré, frente a los estudios y te saludé, pero no me contestaste.
– Bueno, lo siento…pero no me parece tan terrible…
– A veces – dijo Maria José, suspirando – sin pensarlo, se hacen pequeñas maldades, por superficialidad e indiferencia hacia los demás…porqué uno se distrae o piensa en otras cosas, pero esas pequeñas maldades, que pueden parecer sin importancia, para otra persona pueden ser graves…En un momento difícil, pueden ser terribles.
Maria José sintió que estaba a punto de llorar, pero retuvo las lágrimas, para seguir hablando.
– Yo, en ese momento, me sentía tan deprimida, sola y triste…estaba al borde del abismo, me hacía falta solo un empujoncito, para caer o la mano de un amigo, para salvarme. Por eso vine a ver si te encontraba, siempre te admiré. Y tu indiferencia fue el empujón. Te miré, mientras te ibas, sin ni siquiera decirme “hola”, y empecé a llorar. Lloraba pensando que me sentía inútil, invisible…nada. No me importaba ya nada, me sentía ajena al mundo y crucé la calle sin mirar. No tuve ni siquiera el tiempo de sentir el dolor del coche aplastando mi cuerpo. El último recuerdo que tengo, antes del coma, eres tú que no me saludas, que pasas de mí y todo el rencor acumulado en la soledad del coma. Quizás, si me hubieses sonreído, o si me hubieses dicho algo bonito…si yo hubiese sentido una voz amigable, alguien que me hablaba…
– Lo siento mucho, yo no lo sabía – dijo Tomas, sintiendo la carga de la responsabilidad sobre sus espaldas, como una tortura de la que ya no podía escapar
– Ahora ya no me importan tus disculpas. Es demasiado tarde. Ahora solo quiero dejarme llevar por esta corriente y…morir.
La chica desapareció en un momento, como si las pequeñas olas del río la hubiesen tragado. Tomás la siguió, arriesgando su propia vida para sacarla de las aguas negras y lo consiguió.
Cuando despertó, en el suelo de su habitación, no pensó ni por un momento que se tratara de un sueño y se fue corriendo al hospital.
Fue preguntando por Maria José, una chica que había tenido un accidente de coche y estaba en coma. Le dijeron que acababa de despertar, como de milagro.
Cuando la vio, sentada sobre la cama, sintió una gran alegría:
-¡Hola Maria Jo! – Le sonrió – es maravilloso que no te hayas ahogado…
– Creo que te equivocas de persona…lo mío fue un accidente de coche.
– ¿No me reconoces?
-¡Claro! Tomas, mi actor favorito. Pero lo que no entiendo es para que has venido.Tu no me conoces de nada…no tienes nada a que ver, he sido yo la que cruzó la calle sin tener cuidado.¡Que estupida! Antes quería morirme…estaba tan triste que no quería vivir. Ahora que he visto la muerte, tengo ganas de ver el sol, de perfumes, de palabras, de comida, en fin…¡Tengo unas ganas tremendas de vivir! Si la muerte se parece al coma…es muy fea. Es como una gran oscuridad y no me gusta nada.
Esa misma noche, Tomas volvió a escribir en su diario, después de mucho tiempo:
“ Maria José no recuerda nada y yo no he tenido el coraje de contarle lo que pasó, también porque no estoy seguro que realmente haya ocurrido algo.
Quizás todo sea fruto de mi imaginación, una ilusión mía.
En todo caso, quizás también la muerte y la vida sean ilusiones.
Quizás el amor sea una ilusión
Quizás…”


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